¿LA NOVELA HA MUERTO?

La novela es un género bastante tardío en la historia de los géneros literarios, a diferencia del teatro, la lírica, la épica. Nació en Italia, en el Renacimiento. Y lo hizo para el recreo apacible e idealizante de las clases sociales más elevadas. (En Roma ya hubo novelas. Hasta en Grecia. Pero aquello fue un protogénero.) Incluso tal vez la novela renacentista italiana, en sí misma, fuera otro protogénero.

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LA LITERATURA ACTUAL

A primeros de siglo XX, figuras relevantes de la narrativa como Joyce, Proust, Kafka, T. Mann, Faulkner, culminaron algo así como un clímax de la literatura precedente durante al menos un siglo. El del realismo decimonónico hasta entonces en desarrollo, pero ya como su cierre y disolución avanzada, si no definitiva.

Después, o simultáneamente, se abría un periodo de diversificación y abundancia en la forma de narrar. Diversificación y abundancia que vendrían a ser rasgos de la literatura del siglo XX. Los cuales se han acentuado mucho hasta su conclusión y estreno del XXI.

No en vano, en los últimos tiempos, la diversificación se ha convertido en dispersión y desparrame. Y la abundancia en superabundancia inabarcable. Sería difícil para un estudioso de la literatura de nuestros días hacer un compendio de autores, estilos y corrientes enfocado en la literatura occidental actual. Por eso he utilizado la palabra inabarcable.

Propiamente ni se distinguen ya entre sí, apenas, la literatura francesa, la alemana, la italiana, la inglesa, la española, y otras. A no ser por el idioma y referencias culturales de bulto. Pero no por su sello característico, como cuando antes el autor alemán escribía como alemán, el francés como francés, el ruso como ruso. Hoy todo es un poco lo mismo. Ni que decir tiene que la globalización ha raseado hasta cierto punto las culturas intraeuropeas y también la norteamericana, que se proyecta más que nunca en estas.

Sea como sea, desde el último cuarto del siglo XX aproximadamente hasta acá, dos factores clave condicionan mucho a nuestro presente literario. El factor mercado y el factor ocio, interrelacionados.

El poder del mercado literario, hoy por hoy, es inmenso a todos los niveles de su producción, distribución, imposición de modas más o menos prefabricadas y pasajeras, recompensas calculadas a los autores y, además, manipulación de un público a veces demasiado sumiso y/o desorientado.

Lo cual empalma con el segundo factor, el del ocio. Gran parte del público que en este momento lee novelas, busca sobre todo la distracción, el pasatiempo, sin que le importen demasiado la elaboración concienzuda de los contenidos, ni la originalidad artística, ni el cuestionamiento de los valores, o algunos valores, de la sociedad que le rodea, o bien su crítica social en general. De ahí que proliferen tanto los best sellers. Un tipo de narrativa amena a veces, otras ni eso, pero poco comprometida con otra cosa que no sea “hacer pasar un buen rato”.

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En tal sentido hoy parece reinar un triángulo vicioso, pero satisfecho, entre público, autores y editores.

Los potentes grupos editoriales, cada vez más tendentes al monopolio del mercado (como los grandes grupos bancarios y otros negocios de concentración, expresión del neoliberalismo), están muy interesados en que este triángulo no se rompa. Diseñan estrategias hábilmente encaminadas a difuminar la frontera entre la cultura y la subcultura, frontera que décadas antes estaba mejor trazada. Ahora se intenta que pasen de contrabando claros subproductos culturales, como productos de auténtica cultura.

Pero no toda la culpa es del editor que plantea la edición como un negocio crematístico casi exclusivamente. El escritor, por su parte, parece vivir en un feliz letargo. Se ha adocenado. Arriesga poco. Se exige poco también a sí mismo. Además ha perdido su responsabilidad crítica frente a la sociedad. Y resulta que lo más cómodo viene a ser generar textos insulsos o repetitivos que serán aplaudidos por la mayoría y bien recompensados en royalties.

Esto en general. Pero habría que ver caso por caso. No obstante, incluso autores consagrados y ya veteranos que en su día extrajeron de su talento la cota máxima de su exigencia y originalidad, hoy han rebajado mucho su nivel. Languidecen un tanto adormecidos por las nuevas condiciones vigentes (también por su desgaste biológico, es normal), que invitan a ello. El talento, en todo caso, no es algo que se posea de una vez. Es también lo que se quiera hacer con él.

Otros autores son creados directamente por el mercado. Los sostiene el público con sus compras. Y se prestan ellos mismos a aceptar muchas de las servidumbres que se les impone desde el exterior, dócilmente. Con frecuencia se da un tratamiento a la cultura como si fuera un bien rentable o simplemente una fuente de vanidad. Al libro, se lo trata como objeto de consumo. Y todas las partes contribuyen un poco, o más que un poco, por activa o por pasiva, a este fenómeno mistificador.

Un síntoma: apenas se ve que en las últimas décadas surjan figuras literarias potentes, ni sus frutos, como ocurriera, no tan remotamente, hace cien años. He citado a Proust, Faulkner, Mann, Kafka, Joyce. Pero podrían añadirse Virginia Woolf, Conrad, Henry James, André Gide, Mauriac, pasando por Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos, y la nómina sería amplísima.

Todos ellos emprendieron una aventura narrativa de la que fueron sus propios responsables y gestores. Fueron verdaderos escritores. Y de talla. Todavía hacia la mitad de siglo XX la literatura era otra cosa. Por ejemplos, la nouveau roman, por lo que significó de propuesta, las dos Marguerites: Duras y Yourcenar, Günter Grass, Borges, García Márquez, Vargas Llosa, un Camilo José Cela, creadores de lenguaje, de estética, o de otros valores. He puesto estos nombres y podrían ser muchísimos más. Los que cada cual prefiera.

¿Pero hoy? Se podrían allegar nombres famosos, tanto en España como en Europa y América del Norte y del Sur. Sin embargo, gran parte de ellos son eso, “famosos”. Incluso para todo el territorio del mundo. Y qué.

Por fortuna, no todo el panorama es tan decepcionante. A pesar de lo expuesto hasta aquí, es posible que hoy la literatura de cultura esté produciendo notables logros, en conjunto, como los hubo en otras épocas. Aunque no sea este su mejor momento, desde luego.

Por una razón sencilla. En la gran cantidad de literatura que se produce y publica está también algo de la calidad. De hecho, no deja de haber novelas y autores que por los motivos que fueren, a veces de lo más variopintos, y además desde su posición inclasificable o difícilmente clasificable, pueden tener un atractivo específico e intransferiblemente propio. Pero no se registran demasiados casos de estos. Están eclipsados por la gran fanfarria mediática y subcultural imperante.

Por otro lado, los lectores, al haber crecido tanto su número en relación al pasado, cuando leer era algo bastante inusual, y lo sigue siendo aún pero menos, también han hecho que crezca la cantidad de los bien formados entre ellos, aunque en cifras proporcionalmente inferiores a las del lector masivo, que es el que abunda y copa.

Hoy la gente es más culta que nunca. Y la minoría de cultos que hubo en el pasado se ha multiplicado hoy. Aunque sigan siendo minoría. Su consumo de libros hace que los clásicos sigan leyéndose, pero también hay apetito de literatura de calidad con fecha contemporánea. Eso sí, hay que salir a buscarla. Hay que saber intuir y seleccionar. Fuera de los caminos trillados casi siempre.

En resumen, actualmente la literatura se caracteriza por la confusión, la superabundancia, la pequeña tiranía del mercado, la no mucha exigencia de los creadores al crear, ni la del público al demandar productos originales y sofisticadamente elaborados, al contrario de lo que pasaba en épocas todavía recientes.

¿Cambiará este panorama? Si lo hace, yo no preveo el cómo ni el cuándo.

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LA FARMACIA EN SU CONTEXTO

Los medicamentos en las farmacias cuestan caros, algunos muy caros. Yo me pregunto, con inocencia o sin ella, si esos polvitos o liquiditos o pastillitas aparentemente de nada que se venden, realmente implican tanto coste cuando se sintetizan y fabrican en los laboratorios.

Con otras palabras, ¿con qué margen de ganancia trabajan las farmacéuticas y las farmacias? ¿No será que se aprovechan de que el paciente no es “libre” para decidir si compra o no? Compra porque se lo ha mandado el médico, que es a quien obedece. Normal, ya que lo que más le importa es curarse. Entonces paga lo que se le pide, como un corderito.

Por no hablar de esas tabletas donde vienen cantidad de comprimidos, pero el tratamiento solo hará que se consuma la mitad o un tercio de esa cantidad. Qué casualidad que no se fabriquen tabletas más reducidas y demasiadas veces haya que dejar el abundante excedente en el armario del baño.

Ni siquiera la Organización Mundial de la Salud está exenta de sospecha. Porque entre sus miembros ha habido, o sigue habiendo, ejecutivos de esos grupos farmacéuticos sumamente poderosos. Quienes a su vez están en connivencia con Gobiernos para que se autoricen e implanten medicamentos que los fabrican ellos.

“Farma-mafia” apodan algunos a la industria de la farmacia. No hay duda de que la enfermedad es un negocio más rentable que la salud. Algunos agentes de la cadena lo saben bien.

el poder de las farmacéuticas

Dicho esto, invito al lector a leer la entrada anterior, donde hablaba de otras formas de medicina que se usan poco, pero se desconocen mucho, por estas latitudes occidentales. A todo lo cual agrego nuevas ideas, que son estas:

La medicina debería empezar por uno mismo. Esta no debería ser solo recomponer una salud perdida. También conservarla antes de perderla. En la carrera universitaria se imparte una asignatura titulada “medicina preventiva”. Pero el individuo debería ser el primer médico preventor de sí mismo. ¿Cómo?

Él es el que está en contacto más próximo con su psicocuerpo. Él mismo es su psicocuerpo. Debería preocuparse de conocerlo un poco. Interactuar benéficamente con él en aras de su propio equilibrio. Intuitivamente todos sabemos más de nuestro psicocuerpo de lo que creemos. Deberíamos escuchar nuestros avisos internos y saberlos interpretar hasta cierto punto. Solo más allá de ese punto acudir al médico.

Por ejemplo, toda madre de un bebé, sin haber pasado por la facultad de medicina, lleva incorporado a sí misma un pediatra intuitivo. Esto es un poder que le da la naturaleza. Solo cuando un problema verdadero aqueje a su bebé no sabrá resolverlo y entonces debería acudir al pediatra profesional.

Entregar todo el poder de nuestra salud a un médico es el equivalente a reservarnos para nosotros toda la ignorancia y despreocupación sobre nosotros mismos. Lo cual es un error. Además no responde a la realidad, siquiera respecto a la parte de la ignorancia de nosotros mismos. Pero nos han enseñado a ir al médico por la mínima. Que en España, por cierto, es gratis. Esto genera un gasto innecesario y desmedido a las arcas públicas y una saturación administrativa.

Finalmente, lo que falta es una apertura de horizontes que nos limita a todos.

Al paciente le limita su carencia de cultura preventiva previa. Su desconexión de su propio cuerpo y mente para observarlos e incluso intervenirlos prudentemente. Le limita también su confianza excesiva en la medicina oficial. Y le limita su desinformación sobre otras formas de recuperar la salud propias de nuestra cultura o de otras que ya parcialmente nos pertenecen, o nos deberían pertenecer en sus aspectos más valiosos y aprovechables.

Al médico le limitan sus creencias. Su educación universitaria cerrada y excluyente. La tradición occidental en que está inscrito, que hoy por hoy sigue tratando a otras tradiciones médicas como la china o como la ayurvédica con desconsideración y quizás desprecio. Le limita, por supuesto, la institución gubernamental que le vigila y somete a un marcaje. Esa institución es también la valedora de la educación universitaria, que a su vez es la depositaria de la tradición médica occidental con sus virtudes pero también con sus defectos.

Al sistema oficial de salud, donde se incluye toda la red médica estatal y sus instituciones gubernamentales que la sostienen, le limita el peso de la tradición, su inercia enorme. Y otros factores de organización que paso aquí por alto. Pero el “esto siempre ha sido así, entonces así tiene que seguir siendo”, paraliza mucho. Y le limitan también los poderes económicos de los influyentes grupos farmacéuticos, con sus intereses no pocas veces avasalladores.

¿Quién limita a la influyente, por no decir influyentísima, sinarquía de los lobbies farmacéuticos?

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MEDICINA ALOPÁTICA

La medicina alopática se podría definir como la medicina tradicional o convencional donde el médico receta fármacos o aplica cirugía o radiación a partir de los síntomas que le presenta el paciente.

Es el tipo de medicina que impera entre nosotros, los occidentales. Es también la medicina oficial que promueven y sustentan instituciones, Gobiernos y empresas farmacéuticas.

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LA FILOSOFÍA CLARA

Sugería en la entrada anterior, en La filosofía oscura, que el pecado original, o una parte de él, de nuestra tradición filosófica occidental es su exceso de abstracción, el afán sistémico, la hipertrofia de su lenguaje, y no pocas veces su falta de claridad.

Sin embargo, el exceso verbal de la filosofía con todas sus consecuencias dudosas, incluso la filosofía tradicional misma en su conjunto, han venido a decaer desde la década de los años setenta del siglo XX, aproximadamente. Desde entonces no ha habido recuperación, según se va viendo.

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LA FILOSOFÍA OSCURA

Traté en la entrada anterior sobre la preservación de un lenguaje especializado en algunas profesiones, que no tenían mucho interés en hacerse inteligibles para los no iniciados, a fin de mantener una preeminencia sobre ellos.

Me centro hoy en la filosofía.

Aunque suene muy contundente afirmarlo, la filosofía occidental, a partir de comienzos de la Edad Moderna, empieza a presentar objeciones serias que hacérsele en cuanto a la claridad de su expresión. Decir claridad de expresión es decir eficacia comunicante.

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EL LENGUAJE COMO ARMA DE PODER

En Gran Bretaña se otorga, u otorgaba, un premio a la entidad bancaria más concisa a la hora de redactar sus informaciones financieras con que dirigirse a sus clientes. Se pretendía combatir así la tendencia a la falta de claridad en la información bancaria.

Nos resulta esto familiar, ¿verdad? Todos hemos recibido alguna vez cartas bancarias, o administrativas, que no se entienden o se entienden mal.

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EL ARTE DE DISCUTIR

Una cosa es conversar, dialogar, pasar impresiones, o informarse. Pero la discusión, propiamente, empieza en el desacuerdo. Discutir, ya es sabido, puede darse de dos maneras. Como contienda dialéctica, pero también como apertura al intercambio de ideas razonadas y medidas. Una cosa es la porfía. Otra el entendimiento sustancioso que se comparte.

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DERECHOS DE LA MUERTE

Vivimos en una sociedad donde la lucha por los derechos está siempre en primer plano. En otra entrada anterior citaba una lista parcial: Derechos de los trabajadores. De los emigrantes. De la infancia. De la mujer. De los homosexuales. De los discapacitados. A la educación y a la sanidad públicas. Derecho a una vivienda digna. Y otros más.

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DONACIÓN DE ÓRGANOS

La donación de órganos es un acto que se aplaude por la solidaridad y nobleza que encierra. Pero se practica todavía por muy pocos. Escasos son los donantes inscritos antes de su defunción para que puedan aprovecharse sus órganos.

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